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viernes, 9 de junio de 2017

El valor que nos engrandece

  
Resulta que compartimos lugar de veraneo; Comillas.  Resulta que  soy muy amiga de tus  tíos desde mi infancia. Resulta que  eras amigo de varios sobrinos míos. Pero, tu acto heroico, Ignacio Echevarría,  tu reacción que terminó con tu  vida  me ha provocado una extraña sensación que creo va más allá de cercanías afectivas y se sitúa a un nivel universal en cuanto a humanidad se refiere.
De los emotivos artículos que he leído al respecto me quedo con la siguiente reflexión; al  saltar de tu bicicleta con tu monopatín  para tratar de salvar a la mujer que estaba siendo atacada con un cuchillo en un espeluznante e incomprensible acto terrorista, en cierta manera, nos has hecho a todos un poco mejores. Teniendo en mente mis propias reacciones ante momentos determinados, intentaré explicarme.  
En más de una ocasión no he tenido más remedio que detenerme y acercarme al lugar de un accidente. A los médicos se nos presupone conocimientos y temple para enfrentarnos a cuerpos aplastados por coches y demás desgracias. En cierta manera, posiblemente, más conocimientos que otros mortales, en todo caso, ni los suficientes, impotentes, muy agobiados ante lo que nos vamos a encontrar, nos acercamos al lugar del accidente  más por obligación moral que por práctica en dichos primeros auxilios. En esos segundos entre parar la moto o seguir de largo al ver que ya hay otras personas atendiendo al accidentado, mientras el instinto sin duda me alejaría del lugar, la conciencia, la conciencia y no el instinto, la conciencia y responsabilidad moral es lo que me acerca  a ofrecer mis escasos conocimientos y ayuda.
Pues bien. Pienso en tus segundos. El instinto de supervivencia que llevamos dentro absolutamente horrorizado con tu reacción. Tu conciencia decidida, tus valores en marcha; valentía,  generosidad, responsabilidad, Ignacio, con tu acto temerario, nos has hecho a todos un poco más humanos, menos miedosos, más generosos, responsables, más capaces de enfrentarnos a nuestro destino. Tremendo para tu familia, imagino el dolor y el orgullo;  desde aquí os envío este sentimiento unánime de admiración, enorme ejemplo para todos. 

Comillas
( desde el c.)
                     
                                 

                              

sábado, 23 de abril de 2016

Perdonar o no perdonar

No hay manera. Imposible ver online  la reciente entrevista de Évole a Otegi; apenas 15 minutos y se corta. 15 minutos que me han empujado a esta entrada. Sin ser fan de Évole, no dejo de reconocerle como un buen periodista; original, valiente, ingenuo intencionadamente en las formas e inciso en esas preguntas que todo el mundo desearía preguntarle al entrevistado y que no suelen hacerse con la naturalidad que él las plantea. Escucha y deja hablar. El personaje en cuestión se autorretrata. No le interrumpe. Le respeta y espera. Y ahí está la gran dificultad que se presenta para el entrevistador cuando tiene en frente a un audaz e interesado orador que duerme  con su papel. Y es que la palabra tiene muchos filos y muchas contradicciones. El entrevistado envuelve sus historias y frases de tal manera que parecen creíbles: la verdad y su contrario se expresan y cualquiera diría que las dos versiones tienen cabida en nuestra mente de oyentes.

Recuerdo una frase atribuida a Machado que mi padre tenía apuntada en su libreta de frases “Se miente por falta de fantasía, también la verdad se inventa” Por más que medite sobre ella, no la acabo de entender. La intuyo, pero lo que intuyo no cuadra en absoluto con la personalidad de mi padre. Hombre alérgico a las mentiras, buena definición para alguien no sólo incapaz de mentir sino severo en su juicio ante la más mínima falsedad premeditada. ¿Qué veía en esta frase? ¿Cómo la interpretaba? nunca se lo pregunté a pesar de que siempre me chocó que la tuviera entre sus frases seleccionadas. A una persona que tanto valoraba la valentía de una verdad incómoda y tanto rechazo le provocaba la mentira... qué demonios le atraía de una frase que más que cerrar, abre puertas escapatorias a la mentira, o eso interpreto entre dudas.     

En fin, al no haber podido ver la entrevista al completo, no puedo juzgarla, aunque el arranque es contundente. Frente a frente, de pie, un palmo más alto, las manos en los bolsillos, seguro de su mismo, cierta altivez controlada, la justa para imponerse, alguna queja en plan victima que podría quejarse más pero se contiene como para aleccionar, comparaciones absolutamente incomparables, intolerables, rectificaciones medidas cuando no cuela, va probando, marcando espacio, aprovechando su tiempo, la palabra dada. Desde las primeras frases me he sentido en la piel de cualquier hijo de asesinado por ETA y he comprendido que de ser uno de ellos me hubiera resultado imposible escucharle. Perdonar o no perdonar. Y no me refiero a esta persona en concreto; que si perteneció o no a esta banda de terroristas durante la democracia, su relevante o no tan relevante papel en el fin de lo que llaman lucha armada, podría interesarme, no me interesa, me interesan infinitamente más los hijos de los asesinados por esta banda dedicada a escoger victimas al azar o bien de entre miles y miles de personas por su profesión posición, valentía, indefensos por la calle y matarlos a sangre fría; tan sencillo, tan inmensamente cobarde. Me interesa reflexionar sobre el perdón. La capacidad de perdonar. O, mejor dicho, la necesidad de perdonar. O, aun más exacto, la necesidad de no perdonar. Perdonar o no perdonar. Hace unos dos años, una estupenda película, Philomena, me hizo posicionarme al respecto. La ficción puede abrirte los ojos, en todo caso, en mi caso, lo sentí claro. El perdón de lo injustificable no te libera sino que te deja plano, sin energía, sin fuerza para seguir adelante. Una historia espeluznante sobre una madre soltera recluida en un convento de monjas; el hijo arrebatado en adopción… no sigo pues os la recomiendo vivamente. A ver que sentís. El caso es que, en mi caso, viendo esta película, sentí que perdonar, en ocasiones, más que vida te da muerte en vida. Entre lo racional y lo instintivo; nuestro cerebro; entre el perdón y el no perdón, pero, el no perdón... en estos casos  tan hirientes  en el alma, de alguna manera, el no perdón se impone, ayuda a vivir, rabia y a seguir adelante, excepcional, lo contrario, posible, excepcional, eso presiento. Va por todos vosotros, los que me importáis infinitamente más que el entrevistado en cuestión. Con el mayor de mis respetos hacia vuestra determinación vital.   

Foto entrada en F.
A. Nuñez

domingo, 15 de noviembre de 2015

El embarazo de occidente


En Londres, saliendo y entrando del hotel, minutos de televisión, la noticia de los atentados de París con tanto muerto y tanto herido  me ha cogido en pleno congreso; cenas, desconexión y búsqueda de lugares que siempre que viajo  a esta envidiable ciudad busco y alguno encuentro cerrado con el consiguiente disgusto.
  
Ya de vuelta, en el aeropuerto, sentada frente a una mujer embarazada, el flash de uno de los comentarios que he escuchado estos días en la televisión inglesa. “Occidente es como una mujer embarazada; embarazada del islam del que ha emergido este espeluznante monstruo llamado estado islámico radical (ISIS)” Terroristas, asesinos, mucho más que simples grupos organizados. Según ellos mismos se definen: un estado dentro de otros estados cuyo objetivo es fagocitarlos. Estados a su vez gobernados por dictadores que entre unos y otros  están dejando a la población sin más  salida que la huida desesperada. Musulmanes ejecutores de un terrorismo atroz, kamikaces sin piedad, entre 1500 millones -según cazo al vuelo estos días-  de musulmanes de paz, aquí y allá “No en nuestro nombre”. 

Atención. Más que en guerra, señores ministros, estamos embarazados. Y el embarazo es de elevadísimo riesgo. Así pues, toca lo que toca  en estos casos. Cuidados y controles minuciosos. Protocolos contrastados, temple y sentido común para tomar las decisiones oportunas; ahora ingresar, ahora reposo, observación, ahora antibióticos… Alerta y profesionalidad, pasos inteligentes.

En fin, de regreso a mi más que recomendable barrio por variado y tranquilo; apenas coches, turistas pero no en exceso, repleto de musulmanes con sus colmados abiertos a todas horas – por mi, encantada, aunque no se entiende tanto horario regulado para el resto de comercios- De regreso a casa, esforzándome por  encontrar un poco de luz, me siento envuelta en una especie de razonada desesperanza, pensando lo que todo el mundo debe estar pensando: Esto es imparable. Lo que nos espera. Más y más atentados. Y no es miedo, sino desazón. Bombardeos como respuesta en focos estrategicos con niños y mas niños como daños tan friamente llamados colaterales. Y no es pacifismo, sino rabia, impotencia, vergüenza. Si al menos este más que complicado embarazo estuviera en las mejores manos. Ni de lejos. Así estamos. París for ever. Referente y más. Y, otra cosa, es vuestra hora, musulmanes de paz. "No en nuestro nombre"