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sábado, 10 de septiembre de 2016

La memoria remota

Agradable verano. Muy productivo. El inicio de mi nuevo libro. Las diez primeras páginas de una novela de no ficción. No tardas ni una línea en darte cuenta que este modelo de literatura sigue su propio ritmo. Un ritmo que semeja al buceo. Monólogo interior. Te sumerges y sales a flote, descansas, vuelves a sumergirte. Pasado y pensamiento que requieren tocar fondo sin ahogarse. Contenta con mis primeras páginas, claro el formato, mi voz y hacia donde.

De vuelta a mi consulta, esta primera semana ha sido menos agotadora de lo que temía. Desayunando sin prisas, fin de semana, me viene a la memoria un paciente  con una consulta poco habitual  y en clara relación con mi proceso de libro ya en marcha.

Desde siempre le había extrañado apenas recordar nada de su pasado remoto, pero, desde que vive en pareja, su pareja es una máquina de lo contrario, su infancia, mil anécdotas sobre la universidad, sus viajes… no es normal lo mio, insiste preocupado. Realizó tres carreras y sobre las materias que estudió, ni los nombres. Si le preguntan sobre sus amigos de la infancia, apenas nada. Por lo demás, rinde bien, a sus 47 años está pensando en retirarse y disfrutar del golf y otras aficiones, tan buen gestor de sus ingresos que  sigue realizando a la perfección.

Le adelanto que lo que realmente preocupa a nivel neurológico son los fallos de la memoria reciente, la capacidad de aprendizaje, los problemas de atención que pueda tener en su día a día. En cambio, el pasado remoto no suele ser un problema patológico de relevancia. Compruebo con un rápido test de memoria que su maquinaria de ésta y otras funciones cognitivas está en perfectas condiciones. Paso a hacerle unas cuantas preguntas generales del pasado. datos de conocimiento general, ningún problema.
Me quedo pensativa. La ciencia ha puesto de relieve que  los recuerdos del pasado los reconstruimos cada vez que los recordamos, un sistema neuronal organizado para olvidar, retener lo esencial, por mi parte, lo que recuerdo de mi carrera son días aislados, unos cuantos amigos que he seguido viendo o más o menos en contacto, eso y una película de vida que podría reconstruir en base a emociones que llevo dentro, un conjunto, algún detalle que quedó grabado por su impacto y poco más. A base de bucear, sacaré trozos de mi historia y los encajaré con lugares,  antepasados, sus logros y legado, ya en marcha.
A punto de sugerirle  que intente lo mismo; sentarse frente el ordenador y abstraerse en su pasado. Sumerguirse y disfrutar del resurgir a la superficie, de su presente y las historias de su novia que sin duda tiene  más trabajada su memoria remota, más dotada, más capacidad para reconstruirla, menos bloqueado su pasado que, por otra parte, en el caso del paciente, no refiete ningún trauma especial que explique su problema.

Para su tranquilidad, le pido una RNM craneal y le aconsejo un seguimiento periódico  a ver como retiene a partir de ahora, su rendimiento, su capacidad de aprender cosas nuevas, fijarse y concentrarse. Pensando en mi libro y el gratificante esfuerzo que está resultando reconstruir mi pasado remoto, palabra a palabra, abstraerme en la esencia de lo que fue y no fue. Ya de  vuelta al ruedo de lo cotidiano, feliz aterrizaje,  queridos amigos.  

Comillas
A. L y L. 

                                   

jueves, 24 de abril de 2014

Demencia o despiste


Ostras, ostras, la segunda vez en quince días.  En esta ocasión, entrañable sorpresa incluida. Soy Diego, te has dejado las llaves en el contacto. No te preocupes, soy un buen chico. Y su teléfono móvil incluido en la nota.  Mi moto nueva a salvo de mis despistes y ladrones gracias a este estupendo ciudadano -además de buen chico-. Antes de darme por demenciada, reflexiono en busca de una explicación razonable.

Encuentro  dos buenas excusas. La primera. Novedades en la acción.  Paras la moto, apagas el motor, pones el caballete. Y, en esta moto, bajo el sillín, se puede dejar el casco. Para ello, es preciso abrirlo apretando un botón que solo funciona si el motor está encendido, así que la llave se mantiene forzosamente en el contacto más tiempo que en mis anteriores motos. La segunda es  de caracter social. Aparcando la moto, en las dos ocasiones, el encuentro repentino con una persona conocida, alteró  el dado alegremente por supuesto buen rendimiento de mis entramados neuronales encargados de no dejarme la llave de la moto en el contacto y marcharme tan pancha.

Me encantaría dedicar esta entrada a los Diegos del mundo;  amabilidades y bondades; me encantaría, no obstante, sobre amabilidades y bondades solo puedo referirme al buen rollo que me despiertan los Diegos de turno y, en cambio, algo sé sobre la memoria después de años de estudio, pacientes, dos libros divulgativos sobre el tema. Un avance. Como experta en memoria y conocedora de mi misma, mucho me temo que volveré a dejarme la llave puesta en el contacto, sin embargo, al menos, durante unas semanas, mis neuronas habrán tomado nota de tanta historia, espero.

Sobre la memoria podría decir tantas cosas que no sé por dónde empezar.  Comenzaré por un error de peso. A menudo se tiende a generalizar. Para entenderla es preciso lo contrario; desmenuzarla; tener muy presente que no existe una sola memoria sino que se trata de una función mental compleja compuesta por distintos estadios o fases – registro, retención, evocación-  y también existen distintos tipos de memoria: la memoria inmediata, la reciente la de largo plazo, la memoria de trabajo. Memoria visual, verbal… Memoria semántica. Memoria episódica. Un sinfín de matices, olvidos, detalles en interrelación constante con otras funciones mentales superiores: percepción, lenguaje, atención… ATENCIÓN Y MOTIVACIÓN  como pilares básicos de la memoria.  Al menos, durante unas semanas, prestaré atención a mis llaves, mi moto, mi casco… Y, después de estas semanas de entrenamiento, confío en que  el piloto automático de mi  memoria inconsciente -que funcionaba a la perfección con mis anteriores motos-  entre sus pasos  incluya  el meterme la llave en el bolsillo una vez colocado  el casco bajo el sillín.  Ya os contaré.

Foto; Mauricio Vergara
Entrada F. A. Nuñez



domingo, 7 de abril de 2013

Una mujer encantadora


Por lo general es así. Las personas que presentan  una demencia degenerativa tipo enfermedad de Alzheimer no acude a visitarse por  propia iniciativa. Después de meses de despistes, olvidos, fallos cotidianos sus familiares  comienzan a preocuparse. Después de insistir e insistir, medio engañados,   acudan  a la consulta del especialista.   

Por lo general es así. Aunque no siempre.  Recuerdo con especial cariño a una paciente encantadora. Acudía a visitarse  por propia voluntad. Preocupada, muy preocupada por su memoria; lo olvidaba todo, el hecho de acudir a mi consulta ya le había supuesto perderse por el camino, por los pasillos, apuntarse la cita y olvidarla, perder el papel donde lo había apuntado. Acudía sola así que la historia clínica  no podía contrastarse con la opinión de un familiar esencial en la mayoría de casos de cuadros de inicio de demencia. Su lenguaje era fluido, las preguntas dirigidas en relación a su memoria inmediata, memoria reciente, orientación y demás funciones superiores no ponían en evidencia un claro deterioro cognitivo. Tan solo se objetivaba fallos aislados en su capacidad de atención y concentración. Desde había años tomaba ansiolíticos, controlada por un psiquiatra. Lo primero que le aconsejé es retirarlos poco a poco y sustituirlos por antidepresivos menos perjudiciales para su capacidad de atención. Siguiendo el protocolo habitual, le solicité un scanner cerebral y una analítica general incluyendo pruebas de tiroides y vitamina B12 como posibles causas de su déficit de atención. Todo normal. Intenté tranquilizarla, si se tranquiliza se concentrará mejor, despidiéndome convencida de que no estaba iniciando un cuadro de demencia, sino que sus fallos de memoria eran debidos  a problemas de atención secundarios  a  su ansiedad reactiva y a los ansiolíticos que tomaba sin control 

Meses después, acudió a revisión acompañada de su hija.  A pesar del tratamiento antidepresivo  y la retirada de los ansiolíticos, su madre era un puro despiste. Repetía llamadas, perdía todo, todo. Paradójicamente, la paciente ya no estaba tan preocupada por su memoria. Bastó un simple test de memoria  para  confirmar el evidente deterioro cognitivo amplio. Más que error en el diagnóstico inicial, su cuadro de ansiedad me hizo sospechar  que sus fallos de memoria se debían a problemas de atención en relación a su  ansiedad referida y objetivada. 

En fin, estas excepciones  nos sirven para saber que cada paciente es un mundo.  En este caso,  la encantadora mujer tenía razón: estaba comenzando una demencia degenerativa tipo enfermedad de Alzheimer aunque de entrara conservara esa facultad  llamada metamemoria o capacidad para tener conocimiento de la propia capacidad memorística. Intuir lo que se sabe y lo que no se sabe. Tener en la punta de la lengua un nombre. Quien sabe que no sabe conserva esa sutil pero esencial competencia llamada metamemoria que los investigadores relacionan con los lóbulos  frontales. Saber o no saber que no se sabe.  Conciencia de conocimiento. Qué alguien vaya en busca de Platón. Por mi parte, buena lección, querida paciente.



Cartier Bresson