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sábado, 12 de noviembre de 2016

Minimizar el impacto


Minimizar el impacto. ‘El sol seguirá saliendo cada mañana’  el más  pálido amanecer para el primer expresidente negro norteamericano de la historia, menudo final de historia, de la retorica de gesto y palabra elegante, a la victoria de lo peor en cuanto a formas y contenidos, más de un año cambiando de canal, repulsión hasta el punto de tener que cerrar los ojos, imposible escucharle, enterándome de sus disparates por artículos sin su rostro, insoportable, intolerable machismo, racismo, lo peor que llevamos dentro al mando y  cabeza de mi admirada nación.

Minimizar el impacto. Se adaptará, ya se está adaptando, suavizará sus formas, lo que dijo ya no lo dirá, imborrable este año de disparates, ya veremos lo que vendrá, por mi parte, venga lo que venga, seguiré cambiando de canal, cerrando los ojos, pasando página, repulsión, vergüenza y tristeza, desazón, ilusionada con mi inglés, recién llegada de unos días deliciosos en Cambridge, el idioma de mis sueños, desde este amanecer, menos ilusionada.

Minimizar el impacto. La salud por delante, una paciente que acude a mi consulta por presentar hormigueos en sus manos y pies desde que inició la tanda de quimioterapia que no tiene más remedio que continuar debido a su cáncer de mama; un matrimonio mayor y sin hijos cuyos recursos no alcanzan a poder explorarles a fondo sus funciones superiores pero que todo parece indicar ambos presentan una demencia degenerativa tipo enfermedad de Alzheimer, ella cocina, olvida el fuego, él conduce, conduce estupendamente, según me aclara, imposible afirmación ante sus problemas evidentes de orientación, memoria; el siguiente paciente lo remiten de urgencias, una parálisis facial, de repente, no cierra el ojo, la boca desviada, no sigo, evidentemente, la salud es lo que importa, siempre nos quedará Leonard Cohen, eterno, Suzanne, Canadá.


                                           
                                         

viernes, 13 de diciembre de 2013

La sonrisa de Obama


Se acercan las navidades, como cada año, sin  ánimo de aguar  planes ni comidas, deseando que pasen, campanadas incluidas. Poco espíritu navideño en mis redes neuronales, ni de niña me inspiraba.

Mente y espíritu.  El tema merece un tratado de varios tomos, por mi parte,  tan solo unas pinceladas de lo que sé  y siento,  de lo que ignoro por completo  y sin embargo  estoy convencida de saber. Curiosa contradicción  cuando nos  asomamos al abismo de lo que nunca sabremos.  Qué la vida se acaba es una evidencia aplastante; llegada a cierta edad, semana si y semana también; amigos, familiares, conocidos que saludaste ayer, pero qué es esto, no puede ser, pues es, qué se le va a hacer, evidencia tras evidencia, un salto, la vuelta al revés;  que la muerte existe: pues yo que sé, más que un misterio, un vacío, un inmenso y desolador socavón de adioses mientras nos llega el turno.  

Mente y  espíritu. La ciencia no deja de asombrarnos. “Quiera el alma  estar siempre sufriendo de este mal” escribe Santa Teresa de Jesús sobre sus repentinos y placeteros  ataques místicos: la Virgen, ángeles o Dios entre sus pucheros… La Santa epiléptica, puesto que  dichas visiones - según  los neurólogos estudiosos del tema-muy probablemente eran provocadas por un foco irritativo en determinadas áreas de su cerebro. Respecto al misterio de los misterios, un neurocirujano canadiense llamado Penfield, sin pretenderlo, aportó valiosas pruebas;  implantando  electrodos en la corteza o superficie del cerebro de sus pacientes, en plena operación con anestesia local, descubrió que el cuerpo entero está representado en nuestra corteza. Estimulaba un punto y se movía una mano, un pie… Pues bien,utilizando esta misma técnica  se han publicado estudios  con resultados sorprendentes; desde los  ataques de risa provocados al estimular determinadas áreas frontales, a la  intensa sensación de trascendencia espiritual experimentada al aplicar el estímulo eléctrico en una zona del lóbulo temporal. Impresionante. Para meditar. Dios en nuestra corteza. Creyentes o no; trascendencia espiritual grabada en nuestras neuronas. Nada más y nada menos.

En fin, se acercan las navidades, qué le vamos a hacer,  buenas fiestas queridos lectores, menudo añito, casi todo para olvidar, entre tanto  desvarío local y universal, cuesta escoger algo pare recordar,  por mi parte,  me quedo con la sonrisa desviada de Obama ante la cara de mosca perruna de su mujer, a por el 2014,  suerte de corazón.
                                                    
                                                 











                                    













domingo, 21 de octubre de 2012

Mentiras o verdades inventadas


Aunque me gustaría, no  sigo de cerca la batalla por la presidencia de los EEUU que al parecer está siendo más igualada de lo esperable.  Los telediarios nos informan diariamente pero con excesiva brevedad. Lástima porque -según me cuenta una muy querida e informada amiga- el espectáculo es una muestra de la demagogia más pragmática y aplastante. Interpreto que el ejemplo  comentado no es exactamente un hecho fidedigno sino  un supuesto representativo: el candidato republicano en una sala repleta de de diabéticos  “Si tuviera una enfermedad me gustaría ser diabético“ les suelta tan contento. De risa. De pena. Realmente la democracia está viviendo unos momentos explosivos. La caza del voto es tremenda. Y, oh esperanza, contra las cuerdas, sonriendo, lejos de esa sonrisa seductora que le alzó a la presidencia  y que ojalá  recupere, pero, por desgracia, la osadía y espontaneidad del primerizo se pierde, las dificultades y ataduras del poder desgastan   y   la confianza en uno mismo tiene sus límites.

"Se miente por falta de fantasía, también la verdad se inventa" frase de Antonio Machado extraída de la libreta de  reflexiones de mi padre. La intuyo, me gusta, se me escapa. Sinceramente, sobre verdades y mentiras los neurólogos navegamos -como la inmensa mayoría- entre el engaño y la incredulidad, si bien  determinados casos clínicos nos invitan a participar en el debate.  La enfermedad de Korsakoff es una muestra de  hasta qué  punto nuestro cerebro es una caja de sorpresas al respecto.  Descrita en 1880 por el médico ruso que lleva su nombre, se trata de un daño  cerebral  provocado por un déficit de vitamina B1  mayoritariamente secundario a la ingesta crónica de alcohol. El paciente presenta de modo más o menos súbito una severa pérdida de memoria tanto de lo ocurrido o aprendido en  el pasado  (amnesia  retrógrada) como desde el comienzo del cuadro clínico (amnesia anterógrada) además de un tercer e intrigante síntoma: la tendencia a fabular o contar historias falsas relativamente normales o verosímiles sin ánimo expreso de mentir. Como si el paciente rellenara sus vacíos de memoria con falsos recuerdos creados por su cerebro dañado. Una  falsificación creativa de la memoria atribuida a la lesión de los lóbulos frontales cuyas neuronas son las encargadas de organizar los recuerdos para que la historia salga  lógica y con sentido. ¿Historias creadas por el cerebro dañado para llenar huecos de información perdida? Recuerdos falsos o verdaderos. La memoria o esa colosal herramienta mucho más subjetiva de lo que creíamos. En todo caso, no parece el caso de los políticos y sus mentiras o verdades inventadas.  Aunque de tanto apaluso  se las acaben creyendo, aunque el champagne no falte en las campañas.
    
Richard Serra