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viernes, 7 de diciembre de 2018

Empatía entre médico y paciente


Mecánico. Más que preocupado, parece intrigado.  Se quema a menudo. Mientras trabaja, sin darse cuenta, sin ese reflejo de dolor inicial que te hace retirar la zona corporal en riesgo en el momento del impacto, de repente,  se encuentra con la correspondiente y aparatosa ampolla producto de su falta de sensibilidad al dolor o a lo que espera que, por mi parte, como especialista, le aclare.
Mientras le escucho, siento que detecta mis pensamientos  y, a su vez, también yo capto lo que él piensa. Agradable empatía que nos traslada a un curioso intercambio de papeles. El paciente me trasmite que no debo preocuparme si no soy capaz de resolver su problema.  Más que un alivio, un entendimiento que agradezco. E imagino que, por su parte, encontrarse con un médico que no oculta su ignoracia o limitaciones, ciencia incluida, le desencadena una especie de sentimiento paternalista. Resumiendo, algo asi como una reconfortante comprensión y apoyo entre colegas. Al fin y al cabo, nuestras profesiones están hermanadas tanto en la necesidad de diagnóstico como en la consiguiente búsqueda de soluciones.
El caso es que, efectivamente, aunque le solicitaré las pruebas oportunas, por los datos de su historia clínica, presupongo que no se llegará a saber qué demonios le ocurre para quemarse tan a menudo. Paso a explorarle y confirmo que todas las sensibilidades las mantiene conservadas. Tanto la táctil como la posicional y, en su caso, en especial, la termo-algésica que exploro mediante un pequeño pinchazo con una aguja en distintas zonas de su cuerpo que nota perfecto; vías sensitivas que ascienden desde los receptores distribuidos por toda la piel, pasando por la médula espinal hacia el interior del cerebro dirigiéndose a las zona más superficiales de los lóbulos parietales.
Si su problema estuviera localizado únicamente en los brazos, entonces el motivo de dicho cuadro habría que buscarlo en la médula cervical. Por ejemplo, una siringomielia o cavidad anómala en el interior de la médula que puede ser de nacimiento o debido a un traumatismo y que en determinados casos se va abriendo provocando síntomas como dicha alteración de la sensibilidad. Pero este no es el caso, ya que el paciente refiere quemarse  por todo el cuerpo, cara incluida.
Interesante tema. Pero, más allá del apasionante campo de la recepción de estímulos sensoriales esencial para nuestras vidas, lo que me ha impulsado a escribir esta entrada, lo que realmente me ha interesado de este caso, ha sido esa empatía, ese intercambio de papeles.

“No se preocupe, termina diciéndome mientras mete en su cartera los volantes de las pruebas que le he solicitado que incluyen una resonancia cráneo-medular completa- si, como usted sospecha, no se encuentra una causa a mi problema, mucho mejor, consultaba más que nada por curiosidad,  ya me las apaño con mi problema, cuestión de estar más atento. Gracias, colega, pienso, mientras le doy la mano al despedirme.


                                           


                                             



viernes, 24 de febrero de 2017

Manchester frente al mar

Llego de ver una gran película. Grande y no sabría explicar exactamente el por qué. Me he puesto a escribir esta entrada en mi blog con el deseo de que  las palabras me conduzcan hacia la profundidad precisa. El drama humano que le sucede al protagonista es de tal calibre que le deja mudo frente al infinito. Pero en el guión no está la clave. Cuantas veces vamos al cine y salimos sin poder contener las lagrimas. De esta película  sales con el corazón encogido, aunque seco, completamente seco. El actor es soberbio, trasmite su dolor sin artificios, pero tampoco creo que todo el mérito de la película recaiga sobre él. Una interpretación magistral filmada de un modo especial; pocos medios, los  justos, aunque la cámara juegue un papel importante en el resultado, ni mucho menos me parece que el secreto de la gran obra filmada se encierre en las imágenes. No sé, tal vez es un conjunto, si bien hablar de un conjunto es equivalente a no desvelar nada, no sé bien,  la verdad,  un dolor tan bien contado, tal vez, sólo tal vez, en la intimidad de ese dolor esté la clave, en la incapacidad para superarlo, en la distancia que como espectadores nos mantiene tanto el actor como el director, guionista, el conjunto.

Manchester frente al mar, no pretendo adivinanza alguna, simplemente soberbia. Me ha traído a la memoria a las personas que a lo largo de mis años de profesión médica han ido acudiendo a mi consulta por uno u otro motivo y que, de repente, sin más, en muchas ocasiones sin ninguna relación con el motivo de consulta, sale a relucir no la causa de su problema actual  sino un dolor de fondo;  infinita tristeza. Y, en los casos a los que me refiero, no se trata de culpa sino basta con la  perdida. Diez, veinte, treinta, no es cuestión de años, como si el paso del tiempo de nada hubiera servido, y no es por falta de entereza, al contrario, viviendo, diez, veinte, treinta años, admirable entereza, entre líneas, ese dolor insuperable. No sigo. Ir  a verla. 

                                       



sábado, 7 de marzo de 2015

Ni se te ocurra comentar mi caso


Hablando sobre mi blog. “Ni se te ocurra comentar mi  caso”. Ni se me había ocurrido. Tras unos días de sobresaltos y tomas de decisiones sin margen de demora, ya en pleno proceso de recuperación, te gustará; espero. El caso lo merece. Habilidad de experto neurocirujano  en primer plano.

Caída accidental, previsible. Ascensores traicioneros. De los que se entra y se sale por el lado contrario. Apoyada contra la camuflada puerta del fondo, entre familiares animados tras una entretenida comida, distraída; de repente, el abismo, hacia atrás. 
  
Aparatosa caída que tras salir del servicio de urgencias parecía iba a quedar en un susto y unos puntos de sutura en la cabeza. Apenas un discreto dolor en la zona sacra – más que lógico dolor- después de la contusión local sin evidente  fractura en la radiografía simple realizada.  Analgésicos y unos días de recuperación, eso parecía. 

Pues no. En la vida y en la salud  las cosas a veces se complican.  Día a día, más dolor. El neurocirujano acertó el diagnóstico a la primera: fractura de la parte alta del sacro confirmada con resonancia magnética. Una fractura progresiva que ya se insinuaba en la radiografía simple realizada de urgencias a pesar de no haber sido informada.  No del coxis o parte final del sacro, sino de la segunda vértebra sacra; zona mucho más relevante por su importancia en la fijación y estabilidad de la columna y pelvis. Por lo general, fractura muy dolorosa e invalidante durante meses por lo que se optó -como primera medida paliativa- realizar  una infiltración de la zona.

Y lo que parecía reposo, analgésicos y, en todo caso, según la evolución, plantearse realizar una cifoplastia o refuerzo vertebral mediante un cemento óseo que, por lo general, de cumplir criterios, acelera la recuperación y alivia el dolor. Y, lo que parecía una cosa, resultaron dos.

Apenas un par de semanas tras la caída, entre incomodidades y dolores de sacro; otro dolor; éste irradiado hacia la extremidad inferior derecha. Y, de repente, la alarma:  Un pie caído, sin fuerza para la dorsiflexión. Dado que de  la zona sacra no salen  raíces nerviosas, el problema, sin duda, venía de más alto; de la zona lumbar. Confirmado mediante las pruebas diagnósticas correspondientes. Compresión de una raíz nerviosa a su salida por el agujero de conjunción entre la vertebra L4-L5. Sin intervención; mínimas o nulas posibilidades de recuperación funcional.  
   
De las técnicas quirúrgicas convencionales que fijan las vertebras con tornillos a la propuesta por el neurocirujano en base a tu edad y caso clínico en particular, Una técnica minimamente  invasiva; una intervención pionera. Un catéter; cámara y visor; se llega al agujero de conjunción, se elimina el material que comprime la raíz nerviosa mediante radiofrecuencia.  Qué fácil explicarlo; qué destreza imprescindible.

El dolor; sin dolor radicular desde la intervención. El pie comienza a insinuar cierto movimiento... Felicidades doctor. Realizado de urgencia lo indicado. Sin ninguna complicación. Evidente mejoría inmediata. En fin, ahora es tiempo de reposo y fisioterapia; paciencia y esperanza. Animo querida M. 

Foto entrada en F.

                                 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Calidad de muerte


Menudo tema. Lo siento, amigos, la asignatura ni se estudia, ni se nombra, pero toca. Como médico formado y dedicado a la calidad de vida del paciente, ha sido necesario la cercanía afectiva con la enfermedad  para que focalice esfuerzos, consultas y estrategias  orientadas a conseguir que  la situación  sea lo menos traumática posible una vez llegado a ese punto sin retorno.  Me explico y resalto.

Los mórficos son una excelente solución para aliviar  muchos procesos terminales que cursan con dolor, sin embargo, no  todo el sufrimiento que comporta el final de un elevado número de  enfermedades se resuelve con dichos fármacos. La sedación mediante otras medicaciones se presenta como necesaria en  muchas ocasiones planteandose a menudo  el dilema  entre  sedar  o sufrir -no sólo a nivel  físico sino también emocional- evitando en lo posible  terminar de modo activo con la vida del paciente. Curar y no matar es la misión del médico, señores; calidad de muerte; menuda asignatura suspendida en tantos casos.   

La eutanasia pasiva y activa. No me adentraré en un fondo sobre el cual no me he dedicado a lo largo de mi vida profesional. Solo pretendo apuntar  en la dirección en que tarde o temprano la sociedad  se verá destinada a afrontar de frente.  Cuántas aristas me vienen a la mente de bote pronto. El cansancio ante la prolongada enfermedad no ya por parte del paciente sino por parte de su entorno,  por ejemplo. Al paciente  le corresponde decidir sobre su final, por supuesto; pero el asunto no es tan sencillo como parece. Ni las fuerzas, ni la mente, ni los medios, ni el conocimiento adecuado…  hasta cuando si,  hasta cuando  no;  un tema realmente  complicado.
 
La sociedad envejece. Las residencias se llenan de casos que viven sin vivir en sí, pero  terminar con estas vidas porque ya no viven como nos gustaría que vivieran ni es de recibo ni debe plantearse así. Testamento vital; buen camino,  pero me temo que ni mucho menos suficiente. Cada caso con sus particularidades, sus límites. Sólo se me ocurre una solución: debate y debate,  cada paciente es un mundo, una historia, una vida, una muerte, afrontemos el tema desde  la reflexión; calidad de muerte; buen comienzo para arrancar  el debate, pero, sobretodo, un gran respiro para vivir  mejor lo que nos queda del día.   

Foto entrada F. Alicia Nuñez